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jueves, 28 de febrero de 2008

After office

La multitud, la música, la caras sonrientes o desorbitadas, la sed insoportable pero etílica, ls luces derretidas. En la deriva de cuerpos en busca de un rincón donde decansar los tobillos apoyados las estructuras fragiles de los zapatos de taco. La charla a los gritos, la botella verde y brillante que va de mi boca a la de ella, mientras sigue con los ojos alguna silueta interminable. Curvas peligrosas con largas piernas delgadas o una espalda contudente bajo unos ojos renegridos, tanto da. Ellas son sin duda más apetecibles, no difrazan el sentido del juego, pero avanzan decididas sacudiendo los vasos plásticos como cubiletes imaginarios. Los infinitos tintes que llevan al rubio, el mar de calces elastizados, hombros y rodillas singularmente convexos. Y entre todos esos hombres, camisas que han empezado a humedecerse hace unas horas, afeitadas impecables, ojos predadores, lo distingo de pronto con la nitidez de un montaje. La figura se recorta exactamente sobre un fondo que se empequeñece. Los oídos se me escapan aturdidos hacia su cuerpo y el resto de mí los sigue en esa dirección. La noche comienza a estirarse como la danza discontinua que dedico a mi compañera con el gesto cómplice. Sucumbo un momento a sus ocurrencias, la figura me escurre hacia los lados como el sabor de la malta que me enjuaga la encías. Y ya es como si la imagen comenzara a ganar el espacio del recuerdo, prendida de ese rocanroll desintegrado en ese espacioso museo de conformistas, en el que me deslizo con cierto placer malsano. Algo sucede de pronto, su rostro frente a mí, la mano tendida, la muda invitacion y nuestros cuerpos que empiezan el dialogo consabido, con inusitada presición. No tengo que mirarla para comprobar que nuestras figuras enlazadas, los tonos ocuros con que ambos decidimos vestirnos esta noche, el movimiento rítmico de pies y caderas son un tipo especial de milagro. Se extiende un espacio compartido, un cigarrillo, después otro, ella que se va y me deja en las mejores manos, claro. Ser simplemente. La frente adolescente y las palabras que se hilvanan en la oscuridad como luciérnagas. De nuevo todo es nuevo, hasta el rubor a la altura de las mejillas. El deseo se vuelve un beso postergado, una cita con destino, unos números que sacuden los dedos de ambos. Otro comienzo posible.