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sábado, 5 de julio de 2008

No sos vos, soy yo

No, no es el comienzo de un homenaje al talentosísimo incapacitado estético que es Diego Peretti y tampoco se trata de una apelación subliminal a Comete un Terrabusi. Es más que una simple frase, elevada a la categoría de mito urbano, la que motiva esta decidida diatriba en contra de todos aquellos que, concientes de su incapacidad absoluta para manejar una situación o varias, recurren a esta pirueta de la locuacidad. Verdadera bagatela del acto de la comunicación verbal, detergente para el entendimiento propio y ajeno. Como si hubiera que disculparse por cambiar de opinión, de gustos o de costumbres de bragueta, o de todo esto al mismo tiempo. Y sobre todo esa maldita vergüenza de rechazar aquello que uno por algun motivo se ha dejado de querer. No gracias, ya tiré. El buey solo bien se lame. Prohibido prohibir. Cualquiera de estas cosignas sera más apropiada para salvar la dignidad propia y del interlocutor. Podeis iros en paz.

Sueño

Todo esta muy confuso, me veo corriendo por un barrio interminable, es una tarde fría y me escapo de un principio que parece una continuación. Un hombre como un fantasma es la suma de miedos distintos. Hay una propuesta remota, una alegría y una promesa. Después un desplazamiento y de pronto la casa espaciosa y elegante. La mirada tranquila desmiente la bata blanca de toalla que es una familiaridad impropia, absurda. La charla me atropella de repente con una insinuación y un roce, que no comprendo. Interrogo su voz con con una mirada, sus palabras me alcanzan con violencia. En la boca del estómago un latigazo, y un sudor frío y pesado, - Pensálo y vamos a otro lugar, no quiero que sepan en el edificio que traigo a otras mujeres. La reacción brusca me dibuja en los ojos un brillo incandescente, sólo me deja avanzar un paso para escupir la ironia vulgar... -Eso es otro precio. En cámara lenta lo veo hacer el ademán en un bolsillo. Las piernas se me subleban y a la carrera casi escucho el golpe del advervio, del que pende la interrogación, como una hoz en la mano del asesino. Nada me detiene. Gano la calle oscura y paso entre los muertos como una exalación. Colectivos lúgubres de cuatro cifras, desconocidos. Una paraguaya me dice que estamos en Pompeya sur y se disuelve ante mis ojos. Me despierto.