Tengo una molestia. Es curioso que se utilice este mismo verbo, de la pocesion o de la creacion para el sintoma de una mala noche o de un despertar malhumorado, pero así es. Tengo trabajo por hacer, tengo escasa voluntad. Y tengo la molestia. Ya en este punto su persistencia comienza a preocuparme. Es verdad que esta instalada en un lugar poco crítico, casi persiférico desde el punto de vista de las dolencias. Me limito a sacudir los dedos fréneticamente, y a inmolivizar el hombro izquierdo. Pero la sensacion de un peso invisible, de un entrecruzamiento de tendones imaginario, supera a la sensación real del dolor, apenas perceptible. Me exaspera su continuidad, es una irreverrencia, alojándose en un cuerpo así de volátil e inconsistente, en tránsito permanente. Cambio mi posición, los pensamientos se aglutinan y se escapan en una profunda correntada. Ahora recurro a una rotación y estiramiento del brazo. Hay también un miedo familiar y grotesco a la parálisis que apenas puedo justificar. Y deseo, con todas mi fuerzas que la molestia desaparezca. El cosmos me desobedece e invade mi propio territorio. Me revelo pesadamente para fumar un cigarrillo. Otro desquiciado canturrea a un panel de distancia, tal vez conjurando un dolor de cabeza.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Semillas
La vida es evolución, crecimiento, desarrollo. La germinación sin su secante y su algodón, la semilla que fuimos se desplaza en todas direcciones dentro del contenedor inabarcable. Una sucesión de egoísmos nos empuja y nos estira, y brotan de nosotros los lazos, imperceptiblemente verdes. En nuestro orgullo de seres móviles y verbales, preferimos ignorar esta humilde condición. Retardamos la explosión de la flor con un pereza sonámbula, sumidos en sueños caóticos de ideas. Pero la puja silenciosa de la sangre por drenar la savia es el preludio de la derrota capital. Nuestra naturaleza se derrama en fluídos blancuscos, irreversibles y vegetales. La lluvia del tiempo nos humedece los ojos en dosis precisas mientras jugamos a imaginar la eternidad. Hasta que algo madura debajo de la piel, tímido al principio, termina por abrirse paso con una fuerza implacable. Es una grieta, el espacio perfecto para una nueva semilla. Esta certeza es un deseo que nos lleva a entelazarnos y a perdernos, fundidos en otro cuerpo devastado. Entonces, como parte de un nuevo comienzo, comenzamos esperanzados a morir.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Mañana de niebla
Levantase una mañana como esta, entre la niebla de las 7 que es absurda e interminable, mirarse los pies que caminan como autómatas adheridos a los tacos de las botas. Esforzase para decidir que ese aparato de acero circulante, que se bambolea pesadamente sobre el adoquinado avergonzado de pavimiento, es nuestro nuevo destino por los proximos 100 interminables minutos. Enroscarse sobre el asiento de cuero, dejarse mecer por el ronroneo del motor. Preguntarse por qué esta rutina está teñida de un sepia sospechoso, como el rumor en las mejillas, y sonreir de pronto sin motivo aparente. Entretenerse con las calles que pasan pesadamente por la ventanilla helada. Escucharse tarareando una melodía que se escapa suavemente de los labios. Verse desde afuera, el cuerpo compactado en el abrigo, los ojos brillantes a pesar del sueño. Sentirse aterrado al descubrirse completamente feliz.
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