Tengo una molestia. Es curioso que se utilice este mismo verbo, de la pocesion o de la creacion para el sintoma de una mala noche o de un despertar malhumorado, pero así es. Tengo trabajo por hacer, tengo escasa voluntad. Y tengo la molestia. Ya en este punto su persistencia comienza a preocuparme. Es verdad que esta instalada en un lugar poco crítico, casi persiférico desde el punto de vista de las dolencias. Me limito a sacudir los dedos fréneticamente, y a inmolivizar el hombro izquierdo. Pero la sensacion de un peso invisible, de un entrecruzamiento de tendones imaginario, supera a la sensación real del dolor, apenas perceptible. Me exaspera su continuidad, es una irreverrencia, alojándose en un cuerpo así de volátil e inconsistente, en tránsito permanente. Cambio mi posición, los pensamientos se aglutinan y se escapan en una profunda correntada. Ahora recurro a una rotación y estiramiento del brazo. Hay también un miedo familiar y grotesco a la parálisis que apenas puedo justificar. Y deseo, con todas mi fuerzas que la molestia desaparezca. El cosmos me desobedece e invade mi propio territorio. Me revelo pesadamente para fumar un cigarrillo. Otro desquiciado canturrea a un panel de distancia, tal vez conjurando un dolor de cabeza.