La vida es evolución, crecimiento, desarrollo. La germinación sin su secante y su algodón, la semilla que fuimos se desplaza en todas direcciones dentro del contenedor inabarcable. Una sucesión de egoísmos nos empuja y nos estira, y brotan de nosotros los lazos, imperceptiblemente verdes. En nuestro orgullo de seres móviles y verbales, preferimos ignorar esta humilde condición. Retardamos la explosión de la flor con un pereza sonámbula, sumidos en sueños caóticos de ideas. Pero la puja silenciosa de la sangre por drenar la savia es el preludio de la derrota capital. Nuestra naturaleza se derrama en fluídos blancuscos, irreversibles y vegetales. La lluvia del tiempo nos humedece los ojos en dosis precisas mientras jugamos a imaginar la eternidad. Hasta que algo madura debajo de la piel, tímido al principio, termina por abrirse paso con una fuerza implacable. Es una grieta, el espacio perfecto para una nueva semilla. Esta certeza es un deseo que nos lleva a entelazarnos y a perdernos, fundidos en otro cuerpo devastado. Entonces, como parte de un nuevo comienzo, comenzamos esperanzados a morir.