En algunas fábulas orientales, que las mitologías no dejan de repertir, la figura desdibujada de un mercader que parte en busca de un tesoro a una tierra lejana evoca el camino del autoconocimiento. Si además ese hombre se topa con su homónimo o su par, de tal manera que el encuentro tuerza el rumbo del primero, estaremos ante el avatar y seguiremos con atención la gesta de ambos individuos que construirán dos versiones del destino, dando un sentido moral a la historia. Y finalmente uno se queda cabilando sobre la posibilidad de un hallazgo semejante en la propia conciencia, pero mientras comienza mentalmente a desorganizar arcones o desenterrar lozas en los jardines imaginarios, ese otro se hace presente sin su barba literaria, y se nos parece amenazadoramente... por eso intenta disuardirnos con una zuzurro o con un roce de los dedos amarillos. Y volvemos a este presente cotidiano que se recorre en otras paginas, en donde todo vuelve a suceder.