Todavía me pasa en estas fechas, sobre todo en la última veintena de diciembre. Me veo de nuevo con zapatos de charol y cola de caballo, al raz de la mesa de la cocina en las casa de mis abuelos, jugando con las cáscaras de nuez como al descuido, ocultando con poca habilidad las ganas de correr esos metros al living y zambullirme entre las guirnaldas y las luces, a los pies del árbol. Una caricia de madre o de abuela tratando de desenredarme el mechón finito del pelo confundido en el apuro con las ramas plásticas o las diminutas puntas de vidrio, y los ojos se me iluminan como luciérnagas esperando a las doce, mientras aletean entre las imágenes en relieve de los paquetes dispersos. De pronto, como un mágico toque de queda, la voz del abuelo que me despierta y descorre el telón invisible, y es una loca carrera para bucear en ese mar de colores, los cachetes a punto de explotar y la risa como un globo gigantesco, las manos ávidas que descubren una textura atrás de otra y es una fiesta de papeles deshilachados que flotan como peces contra el mármol grisáseo y las figuras sorprendidas del nacimiento. Los objetos se amontonan aquí y allá como tesoros en un naufragio, muñecas de todos los tipos, juegos de té y rompecabezas, un balde con su palita, una remera elegida al pasar en un local del centro. Y por sobre el cuantioso botín, como una lluvia de oro, la emoción de esos grandes que juegan también a pescar en el mar de regalos. En esos días, la vida misma era como una nochebuena interminable, donde se desenvolvían los posibles en todos lados, estirando los dedos grasientos de papas fritas para desplegarse al viento como panaderos. Para estas fechas a veces puedo volver, de repente, a la casa vieja y a la que fui una vez, cerrando los ojos, humedecidos.
martes, 30 de diciembre de 2008
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Segunda gran teoría
De nuevo este punto de partida, los hombres quieren mujeres que no les rompan los huevos. Uds. se preguntarán cómo puede uno entonces preparar una tortilla, por ejemplo. Este y otros interrogantes nos conducen a una interpretación complementaria del sentido de esta expresión. Desde el punto de vista de los ovíparos, la celula madre se constituye en el espacio que opera a la vez como un lugar para existir, una fuente interminable de alimento y una barrera contra el mundo como elaborado sistema de protección. Los mamíferos perdimos este recurso en función de una mayor y más prolongada dependencia materna, de la que los humanos jamás nos recuperamos completamente. No obstante esta importante distinción, la explosión de la cáscara o cascarón, como se la conoce vulgarmente, supone el fin del período de desarrollo del individuo y su posibilidad de una existencia independiente. Los hombres asimilan su genitalidad a esa célula primigenia, la que los acompañará por siempre. Y tal como muchos pequeños vertebrados, se refugiarán en ella frente a cada amenaza. Pero el ciclo se completa en la maduración por la fertilidad. La aparición de la hembra y la unión sexual implica la pérdida del estado de inocencia, es la caída del individuo adulto en la complejidad del mundo. Por eso se aferran a esa ínfima porción de infancia, a ese contenedor que los retiene y contiene. De aquí el deseo de una mujer que deje la ilusión intacta, que no sienta la imperiosa necesidad de interferir entre la yema y la clara, que adopte en su seno al embrión y lo acune con su hálito vital. La eternidad se consume entonces en la construcción del nido.
Primera gran teoría
Recientemente, alguien a quien respeto me repitió la respuesta convencional a la pregunta por antonomasia. ¿Qué quieren los hombres de las mujeres? Que no les rompan los huevos. ¿Categórico? Posiblemente. ¿Frustrante? Tal vez. ¿Simple? Eso quisieran. Mi primera hipótesis es que detrás de esa frase subyace el permanente y universal terror a la castración. La rotura de huevos aludida simboliza la virilidad aprisionada, la libertad sexual perdida y añorada que se sacrifica en la monogamia. Recordamos dentro del escroto que en reside la fertilidad, sede del deseo masculino iconciente de esparcir su simiente, o al menos intentarlo. El coito como metáfora para la fecundación, pero también para la exploración y dominio sobre los cuerpos feneminos. Afianzarse el una tierra, poner en una sola hembra esa fuerza vital equivale a entregarle la potestad sobre el ejercicio de ese derecho natural, que no pudiendo manifestarse en lo genital, se traslada a conductas típicas como ciertas actividades deportivas gregarias, los vicios varios o la latencia de funciones durante horas interminables frente al televisor. Este tiempo retenido, defendido hasta lo absurdo, es el último bastión del varón. La terquedad de un silencio, una mirada torva, cientos de imperceptibles impertinencias son como pequeños aguijones desesperados. No, estimados... no vamos a romperles los huevos, básicamente porque todavía no hemos encontrado mecanismo genético que reemplace su importancia vital. Show must go on.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
2008
El año empezó como tantos otros, encargándose de disipar, tal vez más lento que sus predecesores, las esperanzas. La guerra siguió siendo una razón para la muerte, en las regiones remotas. En otros lugares del mar, otros mataron por razones misteriosas. Pero el verdadero temor se desprendió de golpe desde la cima, desde las torres de acero interminables y las máquinas. El futuro imperfecto se arrastró algunos días como un animal agonizante, con su sangre de papel. Los justos sonrieron silenciosamente, los poderosos organizaron un banquete con los restos, fastuosas libaciones frente a los ojos ávidos, siempre hambrientos, de las mayorías silenciosas. Conteniendo el aliento, la multitud cedió el paso a un hombre negro seguido lentamente por una mujer, y éste ocupó su trono, frente a la cabecera de una gran mesa de majares, sobre el suelo de restos putrefactos. Un grupo de pequeños y débiles espera entre los bosques yermos. Permanecen con los ojos elevados y se aferran de otras manos. Habiendo perdido casi todo, tal vez se han recuperado.
De compras II
La llovizna inesperada me empuja hacia una vidriera iluminada. Esquivo los cuerpos aletargados en racimo, los gestos de malhumoroda resignación más predecibles que las gotas sobre mis dedos desnudos. Depués del calor insoportable, el contacto húmedo es como un regalo. Me distraigo con las prendas multicolores que se superponen a mi alrededor, simulando múltiples siluetas de mujer. Sonrío ante la profusión de los falsos pechos rígidos y exagereados que prometen las lencerías con sus también falsos encajes. El verdadero deseo se parece poco a esas forms toscas de espuma y elástico, y también a las respuestas mecánicas y desganadas de las vendedoras. Algunas mujeres recorren las diminutas perchas plásticas con ansiedad, otras con la gravedad de un especialista. Mientras, yo sigo perdida en el centro del salón, abrumada por las formas imaginarias. La voz de alguien que no soy yo me devuelve de repente a la vigila, y consulto sobre un ensamble sobrio, de inocente algodón. Cuando pierde el interés, me escabullo hacia la entreda de la tienda, en donde los ojos se me demoran enredados en tenues puntillas, que imagino contra la concavidad entre mis piernas. Lo decido en un segundo, pago y salgo, llevando por delante el preciado botín. La calle es cálida como una boca. Ya no llueve.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Deseo 2
Empieza en los ojos. Una ráfaga de luz que que nos hace parpadear para alejarla, y se nos escurre en forma de perfume hasta las fosas nasales, que se dilatan un poco. La boca a su vez se reseca un tanto, y de las comisuras se derrama por la garganta una sensación interminable, que se expande por el pecho pesadamente, hasta agobiarnos desde adentro. Esa opresión gana el torrente sanguíneo y viaja en todas direcciones, volviendo cálidas las manos y la punta de los dedos. Ese tránsito hacia abajo nos deja en los miembros un cosquilleo misterioso, y la piel se estremece en puntos diminutos. Pero lo que lo vuelve peligroso es el vuelco hacia las víceras, esa confusión a la altura de la abdomen que se concentra en una fuerza insostenible. Es entonces cuando el cuerpo entero se revela, y el otro nos decubre de repente, perdidos como estamos de nosostros mismos, a merced la palabra o la caricia. Sólo nos queda sufrir la combustión estoicamente, sintiendo que le sexo se nos degrada en una sed indescriptible. Y todo vuelve a los ojos, que se entrecierran, para que podamos olvidar.
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