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miércoles, 10 de diciembre de 2008

2008

El año empezó como tantos otros, encargándose de disipar, tal vez más lento que sus predecesores, las esperanzas. La guerra siguió siendo una razón para la muerte, en las regiones remotas. En otros lugares del mar, otros mataron por razones misteriosas. Pero el verdadero temor se desprendió de golpe desde la cima, desde las torres de acero interminables y las máquinas. El futuro imperfecto se arrastró algunos días como un animal agonizante, con su sangre de papel. Los justos sonrieron silenciosamente, los poderosos organizaron un banquete con los restos, fastuosas libaciones frente a los ojos ávidos, siempre hambrientos, de las mayorías silenciosas. Conteniendo el aliento, la multitud cedió el paso a un hombre negro seguido lentamente por una mujer, y éste ocupó su trono, frente a la cabecera de una gran mesa de majares, sobre el suelo de restos putrefactos. Un grupo de pequeños y débiles espera entre los bosques yermos. Permanecen con los ojos elevados y se aferran de otras manos. Habiendo perdido casi todo, tal vez se han recuperado.