La llovizna inesperada me empuja hacia una vidriera iluminada. Esquivo los cuerpos aletargados en racimo, los gestos de malhumoroda resignación más predecibles que las gotas sobre mis dedos desnudos. Depués del calor insoportable, el contacto húmedo es como un regalo. Me distraigo con las prendas multicolores que se superponen a mi alrededor, simulando múltiples siluetas de mujer. Sonrío ante la profusión de los falsos pechos rígidos y exagereados que prometen las lencerías con sus también falsos encajes. El verdadero deseo se parece poco a esas forms toscas de espuma y elástico, y también a las respuestas mecánicas y desganadas de las vendedoras. Algunas mujeres recorren las diminutas perchas plásticas con ansiedad, otras con la gravedad de un especialista. Mientras, yo sigo perdida en el centro del salón, abrumada por las formas imaginarias. La voz de alguien que no soy yo me devuelve de repente a la vigila, y consulto sobre un ensamble sobrio, de inocente algodón. Cuando pierde el interés, me escabullo hacia la entreda de la tienda, en donde los ojos se me demoran enredados en tenues puntillas, que imagino contra la concavidad entre mis piernas. Lo decido en un segundo, pago y salgo, llevando por delante el preciado botín. La calle es cálida como una boca. Ya no llueve.