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viernes, 5 de diciembre de 2008

Deseo 2

Empieza en los ojos. Una ráfaga de luz que que nos hace parpadear para alejarla, y se nos escurre en forma de perfume hasta las fosas nasales, que se dilatan un poco. La boca a su vez se reseca un tanto, y de las comisuras se derrama por la garganta una sensación interminable, que se expande por el pecho pesadamente, hasta agobiarnos desde adentro. Esa opresión gana el torrente sanguíneo y viaja en todas direcciones, volviendo cálidas las manos y la punta de los dedos. Ese tránsito hacia abajo nos deja en los miembros un cosquilleo misterioso, y la piel se estremece en puntos diminutos. Pero lo que lo vuelve peligroso es el vuelco hacia las víceras, esa confusión a la altura de la abdomen que se concentra en una fuerza insostenible. Es entonces cuando el cuerpo entero se revela, y el otro nos decubre de repente, perdidos como estamos de nosostros mismos, a merced la palabra o la caricia. Sólo nos queda sufrir la combustión estoicamente, sintiendo que le sexo se nos degrada en una sed indescriptible. Y todo vuelve a los ojos, que se entrecierran, para que podamos olvidar.