Todavía me pasa en estas fechas, sobre todo en la última veintena de diciembre. Me veo de nuevo con zapatos de charol y cola de caballo, al raz de la mesa de la cocina en las casa de mis abuelos, jugando con las cáscaras de nuez como al descuido, ocultando con poca habilidad las ganas de correr esos metros al living y zambullirme entre las guirnaldas y las luces, a los pies del árbol. Una caricia de madre o de abuela tratando de desenredarme el mechón finito del pelo confundido en el apuro con las ramas plásticas o las diminutas puntas de vidrio, y los ojos se me iluminan como luciérnagas esperando a las doce, mientras aletean entre las imágenes en relieve de los paquetes dispersos. De pronto, como un mágico toque de queda, la voz del abuelo que me despierta y descorre el telón invisible, y es una loca carrera para bucear en ese mar de colores, los cachetes a punto de explotar y la risa como un globo gigantesco, las manos ávidas que descubren una textura atrás de otra y es una fiesta de papeles deshilachados que flotan como peces contra el mármol grisáseo y las figuras sorprendidas del nacimiento. Los objetos se amontonan aquí y allá como tesoros en un naufragio, muñecas de todos los tipos, juegos de té y rompecabezas, un balde con su palita, una remera elegida al pasar en un local del centro. Y por sobre el cuantioso botín, como una lluvia de oro, la emoción de esos grandes que juegan también a pescar en el mar de regalos. En esos días, la vida misma era como una nochebuena interminable, donde se desenvolvían los posibles en todos lados, estirando los dedos grasientos de papas fritas para desplegarse al viento como panaderos. Para estas fechas a veces puedo volver, de repente, a la casa vieja y a la que fui una vez, cerrando los ojos, humedecidos.