De nuevo este punto de partida, los hombres quieren mujeres que no les rompan los huevos. Uds. se preguntarán cómo puede uno entonces preparar una tortilla, por ejemplo. Este y otros interrogantes nos conducen a una interpretación complementaria del sentido de esta expresión. Desde el punto de vista de los ovíparos, la celula madre se constituye en el espacio que opera a la vez como un lugar para existir, una fuente interminable de alimento y una barrera contra el mundo como elaborado sistema de protección. Los mamíferos perdimos este recurso en función de una mayor y más prolongada dependencia materna, de la que los humanos jamás nos recuperamos completamente. No obstante esta importante distinción, la explosión de la cáscara o cascarón, como se la conoce vulgarmente, supone el fin del período de desarrollo del individuo y su posibilidad de una existencia independiente. Los hombres asimilan su genitalidad a esa célula primigenia, la que los acompañará por siempre. Y tal como muchos pequeños vertebrados, se refugiarán en ella frente a cada amenaza. Pero el ciclo se completa en la maduración por la fertilidad. La aparición de la hembra y la unión sexual implica la pérdida del estado de inocencia, es la caída del individuo adulto en la complejidad del mundo. Por eso se aferran a esa ínfima porción de infancia, a ese contenedor que los retiene y contiene. De aquí el deseo de una mujer que deje la ilusión intacta, que no sienta la imperiosa necesidad de interferir entre la yema y la clara, que adopte en su seno al embrión y lo acune con su hálito vital. La eternidad se consume entonces en la construcción del nido.