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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Segunda gran teoría

De nuevo este punto de partida, los hombres quieren mujeres que no les rompan los huevos. Uds. se preguntarán cómo puede uno entonces preparar una tortilla, por ejemplo. Este y otros interrogantes nos conducen a una interpretación complementaria del sentido de esta expresión. Desde el punto de vista de los ovíparos, la celula madre se constituye en el espacio que opera a la vez como un lugar para existir, una fuente interminable de alimento y una barrera contra el mundo como elaborado sistema de protección. Los mamíferos perdimos este recurso en función de una mayor y más prolongada dependencia materna, de la que los humanos jamás nos recuperamos completamente. No obstante esta importante distinción, la explosión de la cáscara o cascarón, como se la conoce vulgarmente, supone el fin del período de desarrollo del individuo y su posibilidad de una existencia independiente. Los hombres asimilan su genitalidad a esa célula primigenia, la que los acompañará por siempre. Y tal como muchos pequeños vertebrados, se refugiarán en ella frente a cada amenaza. Pero el ciclo se completa en la maduración por la fertilidad. La aparición de la hembra y la unión sexual implica la pérdida del estado de inocencia, es la caída del individuo adulto en la complejidad del mundo. Por eso se aferran a esa ínfima porción de infancia, a ese contenedor que los retiene y contiene. De aquí el deseo de una mujer que deje la ilusión intacta, que no sienta la imperiosa necesidad de interferir entre la yema y la clara, que adopte en su seno al embrión y lo acune con su hálito vital. La eternidad se consume entonces en la construcción del nido.