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jueves, 11 de junio de 2009

Las nuevas geishas

Todas vimos la película y nos reimos secretamente o no tanto, pensando en lo fácil que es hacer tropezar un tipo y tirarlo desde una bicicleta o desde un cordón de vereda en la Buenos Aires actual. El problema será sin duda intentar reconstruir esas figuras derrotadas y dispersas que son una vez conquistados, para transformalos en algo más que la sombra de un recuerdo. Porque el obtener y el conservar tienen lógicas casi contrapuestas. Y entonces nos asombramos de la anacrónica venta de la virginidad, de ese destino tremendo y ajeno que obligaba a las mujeres más deseadas a entregar su cuerpo por primeza vez al mejor postor. Después de algunas decepciones, una termina por envidiar levemente, siempre en el mayor de los silencios, ese destino cruel pero predecible, espantoso y diáfano. Ninguna humillación, incertidumbre o pérdida. Compitiendo una frente a otra sin más armas que la propia belleza a los ojos codiciosos y vacíos. Sin promesas. Y la forma del después que es sólo una respuesta al deseo, monocorde, infinitamente afectada y sutil, haciendo equilibrio en los pies mutilados y en las caras de cera. Algunas de nosotras decidimos simplemente dejar las máscaras. Ya no recordamos que teníamos que ocultar.