Hay cosas que uno lee en los libros y a fuerza de repetirse adquieren cierta entidad, como de recuerdos prestados. Son las situaciones críticas que ya forman parte de los clásicos, de lo universal. Siempre me impresionó en este sentido la génesis de la locura. En las novelas románticas de heroínas, el relato de la pérdida de la razón suele constrirse a partir de pinceladas sombrías e incrementales, llevando lentamente a la degradación. Capítulo aparte para la demencia de las madres, una de las causas más terribles de la horfandad prematura, especialmente en los personajes de las niñas. La evocación de una desolación injusta y funesta se completa a partir de este incidente. Las descripciones de asilos y hospitales mentales, en los que se enmarca la degradación física y moral de las protagonistas completan el sino trágico de la narración. En casos como este, felizmente la realidad no se compara a la ficción.
sábado, 20 de marzo de 2010
miércoles, 17 de marzo de 2010
Sobre los hombros
Una cartera incómoda, una mochila pesada, un desubicado puñado de caspa sobre un saco de paño negro. O caca de paloma, o un mechón de pelo sospechoso, demasiado significativo en abundancia para ser ignorado. Una palmada de aliento condescendiente, un llamado de atención. O hasta un chal comprado entre regateos con alguna artesana del interior. Penden muchas cosas de los hombros sucesivamente. A lo largo de la vida. Como una metáfora de lo que cambia en forma incremental, lenta y apenas pareceptible. Un día creía ser feliz. Al día siguiente comencé a cuestionarlo todo, y me aferré a esa lucha por algún tiempo. Y entonces comecé a ganar terreno. El mundo comenzó a parecerse a mis deseos. Mis versiones de los hechos se tornaron realidades. Se alzó ante mí, casi ineludible, la voluntad. Y fue responsable. Ya no sólo por ella, o por los anhelos, o incluso por las omisiones. También por los otros, incluso por aquellos que me precedieron. Desde entonces esa fuerza comenzó a transitar más lentamente hacia los objetos, a fluir despacio en un cauce de paciencia y reserva. Como se me había enseñado. Descubro entonces un nuevo peso sobre mis hombros, infinito, indescriptible. Pero sonrío y continúo caminando.
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