Una cartera incómoda, una mochila pesada, un desubicado puñado de caspa sobre un saco de paño negro. O caca de paloma, o un mechón de pelo sospechoso, demasiado significativo en abundancia para ser ignorado. Una palmada de aliento condescendiente, un llamado de atención. O hasta un chal comprado entre regateos con alguna artesana del interior. Penden muchas cosas de los hombros sucesivamente. A lo largo de la vida. Como una metáfora de lo que cambia en forma incremental, lenta y apenas pareceptible. Un día creía ser feliz. Al día siguiente comencé a cuestionarlo todo, y me aferré a esa lucha por algún tiempo. Y entonces comecé a ganar terreno. El mundo comenzó a parecerse a mis deseos. Mis versiones de los hechos se tornaron realidades. Se alzó ante mí, casi ineludible, la voluntad. Y fue responsable. Ya no sólo por ella, o por los anhelos, o incluso por las omisiones. También por los otros, incluso por aquellos que me precedieron. Desde entonces esa fuerza comenzó a transitar más lentamente hacia los objetos, a fluir despacio en un cauce de paciencia y reserva. Como se me había enseñado. Descubro entonces un nuevo peso sobre mis hombros, infinito, indescriptible. Pero sonrío y continúo caminando.