Días como hoy son los que espantan a cualquier deprevenido. La acidez del café mal endulzado que se desparrama sobre el ánimo sonmoliento de la llegada tarde. La misma pesadez de siempre y ese paso de las horas en coma. La incandescencia repelente del cubículo que nos oprime suavemente. Nada pasa en esta mañana interminable con el sol acariciando el universo paralelo del afuera, hacia donde la memoria se estira con la punta de los dedos mojados. Los sonidos metálicos, como diminutos insectos eléctricos, se desparraman delante de los ojos irritados. Un olor a nada de alfombras de alto tránsito se enreda en las conexiones que inmobilizan los cuerpos. Mientras, alguna que otra conciencia dehilachada se sienta en la carretera de un teclado para ser atropellada.