Otra vez el sol, irradiando las pieles desnudas, empapando las telas delgadas y claras. El calor se evapora desde las cabezas a distinta altura, y entre el verde y la madera, los humanos también buscan la sombra. También los prisioneros se ocultan de los rayos, e incluso algunos logran dormitar. Los oídos más agudos saben ignorar las las preguntas exitadas de los niños, que los confunden una y mil veces con las especies más inverosímiles. Los mamíferos conservan su condición a riesgo de aceptar en el grupo a algún ave o reptil de gran tamaño, aunque en su interior platígrados, marsupiales y primates conforman un raro caleidoscopio para los pequeños hombres que los miran. Pero en todos los ojos se extiende una especie de niebla, una sospechosa aunsencia de brillo vital, de presencia del cuativerio, podría decirse. Tal vez sea porque cada ser en ese mundo de ficción conoce el significado de su existencia, los confines de su propio territorio y establece con los suyos una forma de comunión. Es el paso de esos seres indefensos, ansiosos y perdidos, patéticos cazadores de sueños, lo que los perturba y agita. Casi se adivina al caer la tarde el rumor de una plegaria silenciosa y feroz, por todos nosotros.
lunes, 30 de marzo de 2009
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