Vistas de página en total

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Primera gran teoría

Recientemente, alguien a quien respeto me repitió la respuesta convencional a la pregunta por antonomasia. ¿Qué quieren los hombres de las mujeres? Que no les rompan los huevos. ¿Categórico? Posiblemente. ¿Frustrante? Tal vez. ¿Simple? Eso quisieran. Mi primera hipótesis es que detrás de esa frase subyace el permanente y universal terror a la castración. La rotura de huevos aludida simboliza la virilidad aprisionada, la libertad sexual perdida y añorada que se sacrifica en la monogamia. Recordamos dentro del escroto que en reside la fertilidad, sede del deseo masculino iconciente de esparcir su simiente, o al menos intentarlo. El coito como metáfora para la fecundación, pero también para la exploración y dominio sobre los cuerpos feneminos. Afianzarse el una tierra, poner en una sola hembra esa fuerza vital equivale a entregarle la potestad sobre el ejercicio de ese derecho natural, que no pudiendo manifestarse en lo genital, se traslada a conductas típicas como ciertas actividades deportivas gregarias, los vicios varios o la latencia de funciones durante horas interminables frente al televisor. Este tiempo retenido, defendido hasta lo absurdo, es el último bastión del varón. La terquedad de un silencio, una mirada torva, cientos de imperceptibles impertinencias son como pequeños aguijones desesperados. No, estimados... no vamos a romperles los huevos, básicamente porque todavía no hemos encontrado mecanismo genético que reemplace su importancia vital. Show must go on.